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¿Qué hacer cuando mi hijo se porta mal?

¿Cómo puedo actuar ante los «malos comportamientos» de mis hijos?

Todos los niños necesitan sentirse queridos, aceptados y valorados.  Si no consiguen satisfacer esa necesidad de formar parte, de pertenecer y de ser querido acaban sintiéndose menos competentes, menos queridos, menos valiosos, unos sentimientos de inferioridad que son difíciles de tolerar, por eso, desarrollan conductas inadecuadas y egocéntricas para intentar lograr ese sentimiento de pertenencia. Estos comportamientos están basados en creencias erróneas, estos son algunos:

  1. BUSQUEDA DE ATENCIÓN EXCESIVA que responde a la creencia del niño “Solo soy importante cuando tengo atención constante, cuando los otros me notan o hacen algo por mí».  ¿Cómo? Se pone pesado, reclama constantemente nuestra atención, se queja sin parar, exige… los padres nos sentimos molestos, irritados e incluso culpables. Solemos reaccionar tratando de persuadirle para que cambie su actitud, le damos mil explicaciones para que se porte bien, hacemos las cosas por él, gritamos para que pare…. Esto puede funcionar un tiempo pero rápidamente vuelve a la carga.

¿Qué podemos hacer? 

  • Ignorar esa conducta con la que quiere llamar nuestra atención de forma negativa y mantener la mayor calma posible
  • Asignarle tareas útiles en las que pueda cooperar
  • No hacer las cosas por él, podemos consolarle y apoyarle pero no hacer aquello que puede hacer por sí mismo
  • No sobreprotegerle para evitar posibles frustraciones o emociones desagradables
  • El niño necesita ser escuchado, prestarle atención cuando se porte bien
  1. LUCHA POR EL PODER que responde a la creencia del niño “Sólo me siento importante cuando soy el jefe, cuando te demuestro que no puedes obligarme, ni detenerme”.  ¿Cómo? Su comportamiento es desafiante, se niega a hacer lo que le dicen o simplemente lo hace cuando quiere. Ante esto, los padres nos sentimos retados, quizá cedemos, hasta que nos supera y reaccionamos tratando de obligar al niño a que ceda él, con castigos, amenazas y luchas de poder con lo que esa actitud se agrava aún más.

¿Qué podemos hacer?

  • Establecer normas que valgan para todos, una rutina que ayude al niño a saber que se espera en cada situación (que hablen los hechos, no nosotros)
  • Darle opciones limitadas y razonables para que él elija y evitar las luchas de poder. No pelear, nos retiramos de su radio de acción si es necesario
  • No ceder. Mejor no hablar y actuar siempre desde la tranquilidad, no como algo personal
  • Retírate a tranquilizarte si sientes que te estás poniendo a la defensiva
  1. VENGANZA que responde a la creencia del niño: “No creo ser importante para nadie, me han hecho daño así que yo haré lo mismo. Nadie puede quererme”. ¿Cómo? Se comporta de forma destructiva (o autodestructiva), agresiva, hiriente, grosera, vengativa…  conductas que nos hacen sentir heridos, pudiendo contraatacar y entrar en luchas de poder. Nos podemos sentir víctimas ¿Por qué me está haciendo esto? Incluso le castigamos con lo que el niño intensifica su comportamiento.

¿Qué podemos hacer?

  • Tener mucha paciencia. No reaccionar ante las provocaciones.
  • Reconocer y validar sus sentimientos. Se siente herido y hemos de reconocerlo.
  • No actúes cuando te sientas herido. Mejor retírate, cálmate y trata de hablar cuando estés tranquilo llegando a acuerdos claros
  1. VICTIMISMO que responde a la creencia del niño “Es imposible que le importe a alguien, no soy suficiente, soy inferior a los demás. ¿Para qué intentarlo?».  ¿Cómo? Se muestra como ausente, indiferente, pesimista y desesperanzado. Repite la frase “no puedo” o similar con mucha frecuencia. O simplemente no hace nada, ha asumido que no puede. Ante esto los padres podemos sentirnos desesperados e inútiles, pues nada parece funcionar. Esa desesperanza puede llevarnos a enfadarnos, criticarle o compararle con otros niños o por el contrario, acabar haciendo el trabajo por él o rindiéndonos pensando que no hay nada que hacer ya.

¿Qué podemos hacer?

  • Nunca te rindas. Demuéstrale que crees en él, que tienes fe y confianza en que podrá
  • Recuérdale todo lo que ha logrado. Hazle ver sus fortalezas
  • Ayúdale a practicar lo que necesite
  • Ten mucha paciencia
  • Haz hincapié en cada paso positivo aunque sea pequeño

Entender y averiguar que les pasa a nuestros hijos nos puede ayudar a  ver que su conducta es algo más que un comportamiento molesto, irritante o malo. De esta forma, podremos intervenir para que nuestros hijos generen verdaderas habilidades para la vida, y que se sientan realmente comprendidos y valorados.

Es muy importante darle a nuestro hijo el mensaje «ME IMPORTAS» que va más allá de las palabras.

 

Imagen: (c) Jakob Owens (Unspash)

Factores Tóxicos en la familia

Rasgos familiares tóxicos que afectan en la infancia

En la familia crecemos, nos desarrollamos y aprendemos, es el primer escenario en el que lo hacemos. Todo lo que vivimos en la infancia marca,  el tipo de relaciones que se tiene con los padres y/o cuidadores, el estilo educativo recibido, todo influye en la personalidad del niño, en sus creencias y sobretodo en su salud mental. La familia además de educar y fomentar el aprendizaje, genera una serie de hábitos y dinámicas entre sus miembros, cuando éstos son negativos acaban perjudicando el desarrollo físico y psicológico del niño.

El estudio de “La salud mental en la infancia” del Centro de Desarrollo Infantil de la Universidad de Harvard, demuestra que los cimientos de la salud mental se construyen muy pronto en la vida, “pues las experiencias tempranas —que incluyen las relaciones de los niños con los padres, los cuidadores, los familiares, los maestros y los compañeros— moldean la arquitectura del cerebro en desarrollo. Las perturbaciones en este proceso de desarrollo pueden afectar las capacidades del niño para aprender y relacionarse con los demás, con implicaciones para toda la vida”.

Lamentablemente, en ocasiones la familia no resulta ser un hogar seguro, sino que se convierte en un factor de desequilibrio emocional. Muchas familias no son conscientes de ello, pero su comportamiento puede afectar negativamente a sus hijos, sus actitudes dañinas  afectan la estabilidad emocional y psicológica del niño. Existen varios factores de “toxicidad” familiar que afectan negativamente a los niños, estos son 6 rasgos que podemos encontrar en esas dinámicas familiares:

  1. Etiquetas y roles:  Los adultos tendemos a poner etiquetas a los niños, definirles nos ayuda a crear una expectativa sobre ellos (saber si tengo un niño bueno o malo), pero para el niño tiene gran impacto emocional. Los niños, por su parte, con esa necesidad de ser aceptados y atendidos por sus figuras de referencia (padres, profesores, cuidadores…), hacen lo posible para cumplir dichas expectativas y adoptan el rol con el que sus adultos se refieren a él.  El “Efecto Pigmalión” genera niños con poca confianza en sí mismos, temerosos o por el contrario, temerarios, sin miedo a nada. Asumen la etiqueta y se comportan en función de lo que los demás suponen que son, pero no logran un autoconcepto propio ni ideas propias sobre sí mismos.
  2. Quien bien te quiere te hará llorar”: Según El Observatorio de la Infancia, la violencia (física y psicoemocional) ejercida durante la etapa infantil es uno de los factores de mayor incidencia en los problemas de salud mental de los niños. Además de diferentes patologías como ansiedad, depresión, trastornos del desarrollo, de la afectividad y del aprendizaje, el niño crece con la idea de que es no es digno de amor, cree que lo que su familia hace es lo que merece recibir, sintiéndose culpable por ello, que tiene que soportar el malestar que los demás le proporcionan en cada etapa de su vida, dando lugar a trastornos de dependencia emocional o drogodependencias en la adolescencia y la edad adulta.
  3. Proyección de inseguridades y frustraciones parentales:  El miedo a decepcionar al adulto es uno de los que más afectan a los niños. Como padres vemos las potencialidades en los niños en función de nuestros gustos y aficiones. En ocasiones, vemos en nuestro hijo el reflejo de aquel sueño que no cumplimos en nuestra infancia, y que ahora, creemos que tiene una segunda oportunidad, pensamos que nuestro hijo es el que puede tomar el testigo de nuestro objetivo no alcanzado. Esto lleva a los niños a complacer a los padres, crecen y aprenden a tomar decisiones con el objetivo de agradar al resto del mundo, de evitar conflictos, sin pensar en lo que quieren ni sienten ellos mismos. Acaban convirtiéndose en adultos dependientes y con autoestima baja, con una cierta tendencia a la codependencia y autosabotaje.
  4. Sobreprotección y traslado de miedos paternos: Los padres tememos por los hijos, desde que nacen tratamos de evitarles cualquier daño, que no se frustren, que no se enfaden, de que no sientan decepción… para lo cual, les damos todo, les facilitamos muchas tareas que podrían hacer ellos solos, lo que genera en los niños inseguridad, falta de valía personal, incapacidad para hacer tareas de manera autónoma. Son niños irresponsables y con dificultades para gestionar la ira, la rabia o la frustración que supone enfrentarse a la vida y al mundo real, donde a veces hay momentos de incomodidad y donde no siempre se consigue todo lo que queremos.
  5. Padres manipuladores y extorsionadores que intrumentalizan a los hijos:  En algunas familias se desarrolla la creencia de que los hijos son propiedad de los padres, para algunos tener hijos es tener a alguien a su servicio para conseguir los propios deseos, utilizan el chantaje para lograrlo e incluso, los niños son utilizados para resolver problemas de pareja como mensajeros o como elemento para hacer daño al otro progenitor. Estos niños se convierten a su vez en expertos manipuladores, son niños con poca empatía y con la creencia de que siempre pueden salirse con la suya. Tienen poca tolerancia a la frustración y una sensación de poca valía personal.
  6. Niños-salvadores (cuidadores de sus padres y hermanos): Existen niños hiperresponsables que asumen desde pequeños responsabilidades que no les corresponden, tienden a madurar antes de tiempo, son niños que no han vivido la infancia, crecen con pesadas “mochilas emocionales” y con un alto nivel de dependencia emocional e inseguridad, son niños ansiosos y miedosos que se sienten responsables de todo aquello que ocurre en el núcleo familiar. Tienden a desarrollar “el síndrome del salvador” y se convierten en adultos que creen que deben asumir aquellas responsabilidades que no son suyas, con tal de que las cosas funcionen, sintiéndose culpables cuando no lo logran.

 

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Construir nuestro YO

Modelos internos y relaciones personales

Desde pequeños la relación con nuestros progenitores y familiares nos ayuda a entender el mundo que habitamos. Comprendemos el entorno y cómo los demás reaccionan ante los aspectos cotidianos de la vida en base al vínculo que establecemos con ellos y nos nutrimos de las experiencias que vivenciamos.

Si todo va bien adquirimos un sentimiento de seguridad básico en el mundo. Una sensación interna de confianza que nos ayuda a percibir la existencia como positiva e interesante. Eso no significa que todo haya sido un camino de rosas pero sí que hayamos tenido adultos que nos han ayudado a entender que teníamos su apoyo y que nos podíamos fiar de ellos. Que cualquier cosa que pasara o sentimiento que nos abrumara podríamos compartirlo y que seríamos entendidos.

Ser reconocidos, comprendidos y calmados es la base para la posterior capacidad de autorregulación y sensación de continuidad del YO. Poder sentir esperanza y tolerar crisis en la vida también va a depender de la calidad de los vínculos que hemos tenido.

Como adultos el mundo en general y las relaciones personales con los demás en particular, van a ser influidos por los modelos de relación que hemos vivido, modelos que son internalizados para ayudarnos a enfrentarnos la complejidad de la vida. La percepción, la memoria, las expectativas, los deseos y nuestra forma de reaccionar, por tanto, se verán influenciados por estos modelos.  Ni que decir tiene que hay algunos modelos que son adaptativos y constructivos y otros que nos alejan de una comunicación sana con los otros y de una visión esperanzadora del mundo.

En nuestras relaciones personales actuales debemos reflexionar si nos sentimos satisfechos y en qué medida aspectos nuestros están perjudicando nuestro deseo de conectar. ¿Qué hacemos cuando hay conflictos? ¿Cómo nos sentimos ante ellos? ¿Qué expectativas tenemos de cómo deben actuar los demás? ¿Cómo me influye la opinión de alguien y qué hago con ese sentimiento?….Y la pregunta del millón ¿Qué tiene que ver esto conmigo y con lo que he vivido antes?

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