¿Tú o los otros?

¿Cuál es tu estilo al afrontar un conflicto?

Los conflictos no son positivos ni negativos, pero la forma de abordarlos y de resolverlos pueden tener consecuencias favorables o desfavorables para cada una de las partes implicadas. En los años setenta los psicólogos, Kenneth W. Thomas  y Ralph H. Kilmann descubrieron que cada persona suele tender a un estilo a la hora de afrontar los conflictos y consiguieron identificar cinco estilos distintos. Dependiendo de si estamos orientados, con carácter prioritario, a conseguir nuestros objetivos o, si lo estamos en mantener la relación con los demás, utilizaremos unos estilos u otros. No hay ninguno que sea el mejor, todo depende de la persona que tengamos delante y de la situación que estemos viviendo.  Cada persona es capaz de utilizar estas 5 maneras distintas de manejar los conflictos:

  1. Competición: Se busca satisfacer los propios intereses a expensas de los intereses del otro si es necesario. Refleja el enfoque clásico del conflicto de ganar-perder. Se ve el resultado de la negociación como más importante que la relación.
  2. Acomodación/Complacer: La acomodación es una estrategia en la que la importancia de la relación es muy alta y la del resultado muy baja. Se utiliza esta estrategia cuando el objetivo principal del intercambio es construir o fortalecer una relación y se está dispuesto a no alcanzar los propios objetivos.
  3. Evitación: Esta conducta se expresa habitualmente por la retirada o la indiferencia.  No supone que no haya conflicto, sino que ha sido comprendido como algo que no merece la pena manejar. En esta estrategia, la preocupación por la relación, así como por los resultados, es muy baja.
  4. Colaboración: Son importantes tanto el resultado como la relación. Las partes intentan conseguir el mejor resultado posible manteniendo o fortaleciendo, simultáneamente, su relación. El objetivo es encontrar una solución que sea satisfactoria para ambas partes.
  5. Compromiso: El compromiso supone que una parte no deja de preocuparse por sus intereses, pero suaviza su posición cuando considera los de la otra parte. El objetivo  es llegar al punto medio entre las dos posturas. La solución requiere que cada uno ceda un poco hasta llegar a un punto medio.

Ahora mismo, te estarás preguntando si tu estilo de afrontamiento ante el conflicto es el más adecuado, y si no lo es, cuál sería el mejor,  lo cierto es que no existe una respuesta única a ninguna de las dos preguntas. Primero, porque cada uno de nosotros puede usar esos cinco estilos en diferentes ocasiones, aunque cada persona recurre a unos modos con más facilidad que a otros.  En segundo lugar, porque no existe una única forma de resolver los conflictos, ya que todo depende de cada contexto específico.

Por ello, si tienes que afrontar un conflicto y no sabes cuál es el modo más eficaz de hacerlo, ven a EnpositivoSÍ y en el área de Mediación y Gestión de Conflictos   http://enpositivosi.com/areas_mediacion.php,  te asesoraremos para que encuentres el estilo que más se adapta a tu personalidad y más útil te puede resultar en el caso concreto.

 

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Factores Tóxicos en la familia

Rasgos familiares tóxicos que afectan en la infancia

En la familia crecemos, nos desarrollamos y aprendemos, es el primer escenario en el que lo hacemos. Todo lo que vivimos en la infancia marca,  el tipo de relaciones que se tiene con los padres y/o cuidadores, el estilo educativo recibido, todo influye en la personalidad del niño, en sus creencias y sobretodo en su salud mental. La familia además de educar y fomentar el aprendizaje, genera una serie de hábitos y dinámicas entre sus miembros, cuando éstos son negativos acaban perjudicando el desarrollo físico y psicológico del niño.

El estudio de “La salud mental en la infancia” del Centro de Desarrollo Infantil de la Universidad de Harvard, demuestra que los cimientos de la salud mental se construyen muy pronto en la vida, “pues las experiencias tempranas —que incluyen las relaciones de los niños con los padres, los cuidadores, los familiares, los maestros y los compañeros— moldean la arquitectura del cerebro en desarrollo. Las perturbaciones en este proceso de desarrollo pueden afectar las capacidades del niño para aprender y relacionarse con los demás, con implicaciones para toda la vida”.

Lamentablemente, en ocasiones la familia no resulta ser un hogar seguro, sino que se convierte en un factor de desequilibrio emocional. Muchas familias no son conscientes de ello, pero su comportamiento puede afectar negativamente a sus hijos, sus actitudes dañinas  afectan la estabilidad emocional y psicológica del niño. Existen varios factores de “toxicidad” familiar que afectan negativamente a los niños, estos son 6 rasgos que podemos encontrar en esas dinámicas familiares:

  1. Etiquetas y roles:  Los adultos tendemos a poner etiquetas a los niños, definirles nos ayuda a crear una expectativa sobre ellos (saber si tengo un niño bueno o malo), pero para el niño tiene gran impacto emocional. Los niños, por su parte, con esa necesidad de ser aceptados y atendidos por sus figuras de referencia (padres, profesores, cuidadores…), hacen lo posible para cumplir dichas expectativas y adoptan el rol con el que sus adultos se refieren a él.  El “Efecto Pigmalión” genera niños con poca confianza en sí mismos, temerosos o por el contrario, temerarios, sin miedo a nada. Asumen la etiqueta y se comportan en función de lo que los demás suponen que son, pero no logran un autoconcepto propio ni ideas propias sobre sí mismos.
  2. Quien bien te quiere te hará llorar”: Según El Observatorio de la Infancia, la violencia (física y psicoemocional) ejercida durante la etapa infantil es uno de los factores de mayor incidencia en los problemas de salud mental de los niños. Además de diferentes patologías como ansiedad, depresión, trastornos del desarrollo, de la afectividad y del aprendizaje, el niño crece con la idea de que es no es digno de amor, cree que lo que su familia hace es lo que merece recibir, sintiéndose culpable por ello, que tiene que soportar el malestar que los demás le proporcionan en cada etapa de su vida, dando lugar a trastornos de dependencia emocional o drogodependencias en la adolescencia y la edad adulta.
  3. Proyección de inseguridades y frustraciones parentales:  El miedo a decepcionar al adulto es uno de los que más afectan a los niños. Como padres vemos las potencialidades en los niños en función de nuestros gustos y aficiones. En ocasiones, vemos en nuestro hijo el reflejo de aquel sueño que no cumplimos en nuestra infancia, y que ahora, creemos que tiene una segunda oportunidad, pensamos que nuestro hijo es el que puede tomar el testigo de nuestro objetivo no alcanzado. Esto lleva a los niños a complacer a los padres, crecen y aprenden a tomar decisiones con el objetivo de agradar al resto del mundo, de evitar conflictos, sin pensar en lo que quieren ni sienten ellos mismos. Acaban convirtiéndose en adultos dependientes y con autoestima baja, con una cierta tendencia a la codependencia y autosabotaje.
  4. Sobreprotección y traslado de miedos paternos: Los padres tememos por los hijos, desde que nacen tratamos de evitarles cualquier daño, que no se frustren, que no se enfaden, de que no sientan decepción… para lo cual, les damos todo, les facilitamos muchas tareas que podrían hacer ellos solos, lo que genera en los niños inseguridad, falta de valía personal, incapacidad para hacer tareas de manera autónoma. Son niños irresponsables y con dificultades para gestionar la ira, la rabia o la frustración que supone enfrentarse a la vida y al mundo real, donde a veces hay momentos de incomodidad y donde no siempre se consigue todo lo que queremos.
  5. Padres manipuladores y extorsionadores que intrumentalizan a los hijos:  En algunas familias se desarrolla la creencia de que los hijos son propiedad de los padres, para algunos tener hijos es tener a alguien a su servicio para conseguir los propios deseos, utilizan el chantaje para lograrlo e incluso, los niños son utilizados para resolver problemas de pareja como mensajeros o como elemento para hacer daño al otro progenitor. Estos niños se convierten a su vez en expertos manipuladores, son niños con poca empatía y con la creencia de que siempre pueden salirse con la suya. Tienen poca tolerancia a la frustración y una sensación de poca valía personal.
  6. Niños-salvadores (cuidadores de sus padres y hermanos): Existen niños hiperresponsables que asumen desde pequeños responsabilidades que no les corresponden, tienden a madurar antes de tiempo, son niños que no han vivido la infancia, crecen con pesadas “mochilas emocionales” y con un alto nivel de dependencia emocional e inseguridad, son niños ansiosos y miedosos que se sienten responsables de todo aquello que ocurre en el núcleo familiar. Tienden a desarrollar “el síndrome del salvador” y se convierten en adultos que creen que deben asumir aquellas responsabilidades que no son suyas, con tal de que las cosas funcionen, sintiéndose culpables cuando no lo logran.

 

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Construir nuestro YO

Modelos internos y relaciones personales

Desde pequeños la relación con nuestros progenitores y familiares nos ayuda a entender el mundo que habitamos. Comprendemos el entorno y cómo los demás reaccionan ante los aspectos cotidianos de la vida en base al vínculo que establecemos con ellos y nos nutrimos de las experiencias que vivenciamos.

Si todo va bien adquirimos un sentimiento de seguridad básico en el mundo. Una sensación interna de confianza que nos ayuda a percibir la existencia como positiva e interesante. Eso no significa que todo haya sido un camino de rosas pero sí que hayamos tenido adultos que nos han ayudado a entender que teníamos su apoyo y que nos podíamos fiar de ellos. Que cualquier cosa que pasara o sentimiento que nos abrumara podríamos compartirlo y que seríamos entendidos.

Ser reconocidos, comprendidos y calmados es la base para la posterior capacidad de autorregulación y sensación de continuidad del YO. Poder sentir esperanza y tolerar crisis en la vida también va a depender de la calidad de los vínculos que hemos tenido.

Como adultos el mundo en general y las relaciones personales con los demás en particular, van a ser influidos por los modelos de relación que hemos vivido, modelos que son internalizados para ayudarnos a enfrentarnos la complejidad de la vida. La percepción, la memoria, las expectativas, los deseos y nuestra forma de reaccionar, por tanto, se verán influenciados por estos modelos.  Ni que decir tiene que hay algunos modelos que son adaptativos y constructivos y otros que nos alejan de una comunicación sana con los otros y de una visión esperanzadora del mundo.

En nuestras relaciones personales actuales debemos reflexionar si nos sentimos satisfechos y en qué medida aspectos nuestros están perjudicando nuestro deseo de conectar. ¿Qué hacemos cuando hay conflictos? ¿Cómo nos sentimos ante ellos? ¿Qué expectativas tenemos de cómo deben actuar los demás? ¿Cómo me influye la opinión de alguien y qué hago con ese sentimiento?….Y la pregunta del millón ¿Qué tiene que ver esto conmigo y con lo que he vivido antes?

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Depresión en verano

Algunas personas se deprimen en verano: es el Trastorno Afectivo Estacional

La época estival se asocia a vacaciones, sol, playa, descanso y tiempo libre. Parece que todo el mundo desea la llegada del verano como agua de mayo, no obstante para el 1% de la población norteamericana el Trastorno Afectivo Estacional se produce en verano y no en el sombrío y frío invierno según la Sociedad Americana de Psiquiatría.  La explicación puede residir en parte en el calor, la humedad y los cambios de rutina que son afectados por el aumento en horas de luminosidad. Los síntomas consisten en menor apetito, insomnio y una mayor irritabilidad.

No debemos despreciar tampoco otros factores que pueden incidir en hacer del verano una etapa del año para olvidar:

  • Las expectativas de todo el curso pueden verse frustradas por la imposibilidad de tomar vacaciones a la vez que somos testigos de cómo nuestros vecinos hacen las maletas y se dirigen a su destino de descanso.
  • La comparación negativa con los demás o con pasados veranos en los que teníamos más energía y salud terminan por oscurecer nuestro ánimo.
  • El no tener que trabajar y el excesivo tiempo libre pueden dar lugar a sentir vacíos y preocupaciones que hacen que desconectemos de las posibilidades que tiene el presente.
  • La consciencia del paso del tiempo que se da en momentos como la Navidad o la época estival nos confronta con cómo hemos aprovechado el año.
  • El hecho de vestir con ropas que cubren menos o de tener que usar el traje de baño genera estrés en personas que son sensibles a la opinión de los demás.
  • Retirarse y no salir cerraría el círculo del aislamiento y de la autocompasión mientras la mayoría de la población se relaciona al aire libre.

Ante todo no se sienta un bicho raro. Duerma las horas necesarias. Salga a hacer actividades físicas en momentos de menos calor. Dedique tiempo a la relajación. Relaciónese con sus allegados. Acepte que este no es el verano de su vida y que no es el fin del mundo. No se avergüence de no estar como unas castañuelas.

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